Oigo sus pasos en la terraza. Su respiración a través de la pared. Desde que era chica no estaba tan asustada. Trato de pensar que lo imagino, que es parte de mis pesadillas. Sin embargo, son esos ruidos los que me despiertan y me obligan a levantarme a las dos de la madrugada y poner la pava para tomar unos mates y leer un rato, a ver si el sueño me vence.
Nadie me cree cuando lo cuento. Mi hijo duerme en la habitación de al lado y dice que nunca la escuchó. Mi gato se refugia debajo de la mesada cuando la criatura rasguña el techo. En toda la noche, hay sólo un momento en el que parece salir de su escondite y merodear por las chapas de las casas vecinas, saltando de techo en techo, espiando por claraboyas y ventanas abiertas. El paseo no dura más de diez o doce minutos. Un hilo finito de baba violácea y nauseabunda es el rastro que deja, a veces, al costado de mi balcón. Es por eso que siempre bajo la persiana y cierro los vidrios, aunque haga calor.
La criatura sale casi siempre entre la una y las dos. Interrumpe mi sueño y hasta que no vuelve no estoy tranquila. Y cuando eso ocurre, me cuesta dormir otra vez.
La primera (y la única) vez que la vi, fue hace meses, una noche de verano. Sentí como si alguien se arrastrara por el techo, pensé que me querían robar la ropa de la terraza y subí rápido la escalera, encendí la luz y puse mis pies sobre el hilo de baba violácea.
Lo que ví fue tan horrible que no me animo a contarlo. Peor es saber que eso vive en algún lugar de mi casa, en las alturas y no saber exactamente dónde. Desconocer de dónde emerge, de qué infierno propio proviene. No saber qué se propone.
Mi gato también conoce el hilo de baba violáceo. Lo trajo una vez pegado al bigote, cuando volvía de una noche de parranda. Después de eso, sólo lo dejo salir de día.
Mi hijo se acuesta temprano y tiene un sueño tranquilo. Dice que exagero cuando me ve tan cansada a la hora de levantarnos y no me cree cuando le digo que no dormí bien, que la criatura gritaba, rasgaba el techo. Que algo grande se estaba comiendo.
En el barrio algunas familias hablan de mudarse. Es que en cuatro o cinco manzanas alrededor ya no quedan perros y desde el fin de semana falta un chico. Es Manuel, el nieto de Marta. Tiene tres años y desapareció sin dejar rastro. La última vez que lo vieron fue cuando lo acostaron a dormir.
No me animo a decirle a Marta que en algún lugar de mi casa hay una criatura que sale de noche y que de algo se alimenta. No sabría cómo explicarle que hay en mi terraza una puerta infernal y que por ahí sale y entra esta cosa asesina.
Marta dice que al nene se lo llevó el padre, que lo secuestró y que cuando lo encuentren “va a tener que explicarle al juez…” No Marta, como te digo que Manuel no vuelve más. Que de ahí arriba sale esa cosa pero lo que ella se lleva, no vuelve. Cómo te digo que cada noche cierro con trabas la ventana de la pieza de mi hijo y le pongo llave a la puerta por las dudas, que prefiero que me lleve a mí y que por eso me levanto y pongo la pava y me tomo unos mates a ver si el sueño me vence o esa cosa se me atreve.

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